domingo, 22 de enero de 2012

Sanar nuestro niño interno

Dentro de todos nosotros, independientemente de la edad que tengamos, vive nuestro niño interno, que representa la interiorización de nuestro bagaje de emociones y sentimientos acumulados desde el momento de nuestra concepción. El estado emocional de este niño determina nuestras emociones y sentimientos, nuestra forma de reaccionar, nuestros rasgos de personalidad y las experiencias que vivimos, atraemos o rechazamos en nuestra vida adulta.

En el momento del parto se produce nuestro primer shock emocional, al abandonar el espacio protector en el que hemos vivido durante 9 meses, para salir a un mundo extraño y amenazante. A partir de este momento nuestro cerebro es un gran procesador y almacén de todas nuestras vivencias y experiencias de vida, tanto sensorial como corporalmente.

En los primeros años de vida, nuestro cerebro límbico o emocional predomina sobre nuestra percepción lógica y se produce una apropiación intuitiva de los estados emocionales y afectivos de nuestros padres, hermanos y personas cercanas. Vamos grabando impresiones sensoriales en nuestra memoria cerebral y corporal, que son fundamentales en el desarrollo de nuestra identidad y nuestra personalidad. Sabemos lo que nos gusta y lo que nos disgusta, adquirimos nuestros hábitos, conformamos nuestra seguridad, nos llenamos de miedos, formamos nuestra autoestima, etc., y somos profundamente vulnerables a cualquier experiencia negativa que nos pueda dejar marcados.

Nos enfrentamos a situaciones que no comprendemos y que ejercen un impacto emocional intenso, que en ocasiones pueden llegar a dejarnos un trauma. Aunque no siempre recordamos los impactos emocionales conscientemente -porque quedan reprimidos en el inconsciente como una forma de evitar dolor y sufrimiento- nos producen bloqueos emocionales y energéticos que persisten en nosotros, afectando a nuestra vida adulta. Llevamos un niño herido en nuestro interior que determina nuestra forma de afrontar la vida adulta.

Nuestro niño interno está formado por todos los aspectos positivos, gratificantes y traumáticos que nos ha tocado vivir. Tiene una parte sana y una parte herida.

La parte sana aparece cuando estamos alegres, despreocupados y actuamos de forma espontánea, decimos lo que pensamos, damos y recibimos cariño, nos damos gustos, nos cuidamos y estamos presentes en el ahora, conscientes de lo que somos.

El niño herido aparece cuando actuamos de manera infantil e inmadura, cuando nos sentimos superados por el miedo, la rabia, la pena o el dolor, y actuamos en forma desproporcionada a las situaciones que vivimos. Nos descontrolamos, nos boicoteamos, nos acobardamos, y nos sentimos impotentes para controlar nuestra vida.

Nuestro niño herido nos hacer revivir los mismos sentimientos de vacío, amargura, tristeza, rencor, miedo, desconfianza, etc., que vivimos en nuestra infancia y quedaron reprimidos y bloqueados. Inconscientemente está presente y dirige nuestras emociones y nuestro comportamiento de la vida adulta.

Necesitamos reconciliarnos con él, despertarlo, sanarlo, mimarlo y darle su espacio para crecer y poder así volver a conectar con su ilusión, alegría, espontaneidad y risa.

Todos tenemos heridas emocionales que si no trabajamos nos condicionan constantemente, boicoteando nuestras relaciones, nuestro trabajo y nuestro bienestar.

El primer paso para poder reconciliarnos con nuestro niño interno es conocerlo y aceptarlo tal como es. De nada nos sirve rechazar los aspectos que no nos gustan de él, ya que lo herimos todavía más. A través de un proceso de auto-conocimiento y auto-descubrimiento podemos tomar consciencia de nuestras carencias -que son las causantes de nuestras tensiones y desequilibrios- y podemos aprender a conectar con nuestras emociones para poder dejar fluir nuestro yo, y comenzar nuestro proceso de crecimiento y desarrollo personal.

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